01 enero 2007

San Silvestre 2006: Bendita diversión


San Silvestre fue Papa durante 21 años, del 314 al 335. Pasó a la historia por instituir el domingo de Resurrección, y por celebrar el primer Concilio Ecuménico de Nicea, donde se formuló el “Credo”. No se equivoquen, no voy a escribir sobre la historia de la religión ni pretendo evangelizar al mundo. El nombre de este Papa va más allá, es el nombre de la mejor carrera que se disputa en España, y para colmo se llama San Silvestre Vallecana, alguien da más.

Pues sí, este año tocó correrla, uno que se precia de haber sido atleta en sus años mozo no podía dejar escapar la oportunidad de correrla, eso sí, a nivel popular, que ganar a Tadesse o Kipchoge, de momento no entra entre mis planes. Correr el último día del año, con frío, 20.000 atletas a tu lado y sabedor de que después de acabar los 10km no vas a poder moverte del sillón es uno de los mayores placeres que puede tener un deportista y un amante del atletismo, por algo dicen, que los atletas estamos hecho de otra pasta y necesitamos nuestra droga: correr hasta la meta.

La organización modificó este año el recorrido y se salió desde Concha Espina. Los momentos previos al pistoletazo de salida son simplemente espectaculares, al ambiente navideño, risas, botes de júbilo, cánticos, se suma el resplandor fosforescente de 20.000camisetas amarillas dispuestas a desfilar por las calles de la capital. La lluvia de camisetas por el cielo es la última moda, si literalmente, antes de la salida, la última prenda que mantiene el calor en el cuerpo de los atletas vuela por las cabezas de la gente. Made in Spain.

La salida en dos tandas pretende evitar las aglomeraciones, me tocó salir con el vagón de cola al ser mi primera participación. Después de 6 minutos de espera tras la salida, tocó el comienzo de la carrera. El primer kilómetro es de nervios, prácticamente no se puede correr, y el objetivo es sortear al resto de atletas y evitar las caídas. El paisaje es absolutamente “embriagador”, el amarillo inunda el asfalto, mirar adelante es pensar que vas el último, pero si miras atrás es peor todavía, si te paras o caes te van a devorar los miles y miles de atletas que siguen detrás de ti.

A partir de la calle Serrano se empieza a coger el ritmo, las calles amplias permiten correr con comodidad pero los adelantamientos son en zigzag, todo un reto para el que lo intenta. La animación desde las aceras es algo que pone el vello de punta, el público y su aliento te llevan en volandas. Nos acercamos a Cibeles y un grupo de música, desde su escenario anima con sus letras a los sufridores corredores. Se empieza a notar el cansancio y las piernas empiezan a pesar y todavía no se cruzó el ecuador de la prueba.

Poco después llegamos a Paseo del Prado, aquellos que llevamos un ritmo constante empezamos a recoger “cadáveres”, aquellos que por la emoción salieron a un ritmo demasiado elevado. Pasamos la mitad de la prueba, por Atocha, el cansancio se nota, pero la adrenalina vuelve a subir al observar el cálido recibimiento de la gente, que con sus aplausos te obliga a no parar y seguir sufriendo hasta alcanzar la meta.

La larga recta de la avenida de Ciudad de Barcelona se hace interminable, la carretera se estrecha por la cantidad de gente que se agolpa al lado de la misma. Mejor correr por el lateral, se puede ir más rápido pero también te expones a que te vuelen la cabeza, son riesgos que se toman con gusto porque así se nota más cerca el aliento de la gente y te puedes exprimir hasta el límite.

Llegamos al Puente de Vallecas, 8 km. Ahora llega lo peor, la carretera se empina hacia arriba, pican las piernas y la cabeza mira al asfalto buscando el auxilio de la llegada, se hace interminable esa subida. El dolor de rodillas que llevo desde el tercer kilómetro se acentúa en la subida, pero el objetivo está más cerca. En Portazgo, la búsqueda del km 9 se hace interminable, nunca llega, nos preguntamos si nos lo habremos pasado sin darnos cuenta, pero no, las fuerzas están al límite, y el último kilómetro se hace derogar.

Al fin se otea el portón que indica que sólo faltan 1000 metros. Al igual que al comienzo, la carretera se vuelve a estrechar y prácticamente se forma un embudo que hace imposible el correr, el ritmo se baja involuntariamente, y los adelantamientos se hacen casi imposibles. Prácticamente no queda nada, nos acercamos a la calle Candilejas, pero antes de cruzar la meta nos encontramos un último regalo, una subida que se me hace más dura que el Tourmalet en el Tour de Francia para los ciclistas. Por fortuna, la supero como buenamente puedo, y al girar la curva deslumbro las luces de la meta, al fin, pisas la alfombra roja, miras al crono y miras a tu alrededor buscando una mirada que te dé su aprobación y felicitación por haberlo conseguido.

He corrido muchas carreras por toda España, incluso campeonatos de España de 10 y 20 km, pero en ninguno vi tanta emoción como en esta prueba. El tiempo y el puesto es lo de menos, pero para el recuerdo quedarán que tardé 46 minutos en cruzar la meta, que llegué en el puesto 2942, pero no importa, yo estuve allí y lo podré contar para los restos. San Silvestre, te veo de nuevo dentro de un año, yo repetiré y tú, ¿te apuntas?

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